Adiós, una vez más

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo, desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el sumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios

—Alejandra Pizarnik

Parece que fue ayer, frase hecha, usada en aquellas ocasiones en que recordamos algo que es tan de uno, que ni el tiempo puede alejar de nosotros mismos. En realidad, ya han pasado dos años. Dos largos años desde aquel último día que estuve con mi padre. Y estos días me ha dado un nosequé, que me puse a recordarlo otra vez.

Hoy es miércoles, pero hace dos años fue lunes. Yo trabajaba en una recicladora. Un mes antes tuve un extraño presentimiento que llegó a mi de manera muy extraña, pues mientras separaba el plástico que se había recolectado aquel día, mi mente comenzó a divagar pensando en una y mil cosas, hasta que de repente imaginé a mi padre (que en aquel momento estaba en casa, acostado en su cama), como en una especie de sueño, él se despedía de mí y me pedía que cuidara a mi madre. Cuando me di cuenta de lo extraño que era eso, sentí un escalofrío e intenté distraerme y pensar en otras cosas, pero ya no pude dejar de pensar en eso.

Aquel lunes, yo me había presentado a trabajar como siempre; aunque la semana anterior yo ya había presentado mi renuncia, me dijeron que tenían que buscar a mi reemplazo y eso tardaría aproximadamente un mes. Sin embargo, a mediodía, me llamaron para avisarme que ese mismo día alguien se presentaría en ese centro de acopio para que yo le entregara las llaves, y que ya solo debía presentarme al siguiente día con mi jefe para firmar mi renuncia.

Regresé a casa por la tarde, ya no tenía trabajo pero podría pasar más tiempo en casa con mi padre, que todos los días se quedaba solo, pues yo me iba a trabajar y mi madre se iba con mi hermana para ayudarle en lo que hiciera falta (mi hermana vendía comida preparada y tenía una tienda). Llegué a casa y mi papá me informó que mi tío (el esposo de la hermana de mi madre) había fallecido; se había puesto mal el día anterior, el alcohol había dañado su hígado, pero nadie esperaba que fuera a morir aquel día. Sus últimas palabras se las dedicó a Dios, un irónico final para alguien que siempre se burló de la religión.

Mientras esperábamos a que mi madre llegara, para informarle del fallecimiento de su cuñado, puse un podcast que quería escuchar desde la mañana. Casualmente, el podcast hablaba sobre la muerte y su relación analógica con el sueño, desde una perspectiva junguiana. Mi madre llegó y al escuchar la noticia llamó inmediatamente a mi tía, para decirle que ya iba para allá. Calentó un poco de comida para mí, y entonces mi padre pidió un poco de pan, lo cual nos pareció extraño, pues llevaba varios días sin comer casi nada; mi madre se alegró al oír eso y se apuró a cortar la mitad de un pan para dárselo. Yo terminé de cenar mientras mi madre se preparaba y le dije que también iría, pues por alguna extraña razón sentía que debía estar en el funeral de mi tío; no es que nos lleváramos bien, de hecho casi no hablábamos, pero el día anterior, por la mañana, lo había visto y se puso a platicar un rato conmigo, quizás presintiendo que era la última vez que nos veríamos.

Como siempre, mi madre me presionó para que me apurara y yo me molesté, pues aunque siempre intentó mantenerme calmado y tranquilo (como mi padre), la verdad es que también tengo un caracter muy fuerte y, en ocasiones, explosivo (como mi madre); le dije que si no podía esperarme un poco podía irse ella sola, pero recapacité al pensar que seguramente a mi padre le dolía vernos discutir de esa manera. Me despedí de él y alcancé a mi madre. Le dimos el pésame a mi tía y a mis primos y mientras mi madre se dispuso a ayudar en lo que hiciera falta, yo me fui a un rincón para conversar con algunos familiares sobre cualquier cosa.

Poco antes de la medianoche mi madre me preguntó si ya me quería ir, para ver si mi papá necesitaba algo (pues estaba ya muy débil y casi no se levantaba de la cama), le dije que en cuanto me tomara mi café, que estaba muy caliente, me iría. Uno de mis sobrinos dijo que me acompañaría, pues ya tenía sueño y se estaba aburriendo. De camino a casa me encontré con unos conocidos, que tenían un grupo de música versátil, a quienes les conté que me había quedado sin trabajo, y me dijeron que justo ellos buscaban a un guitarrista. La idea me agradó bastante, pues podía ensayar con ellos por la noche, y durante el día podía atender a mi padre y acompañarlo. Me despedí de ellos y retomé el camino a casa.

Lo primero que hacía, cada vez que llegaba a casa, era saludar a mi padre y él siempre respondía, aquella noche no respondió. Mi sobrino solo me miraba de lejos mientras yo intentaba despertar a mi padre, cuando por fin me convencí de que ya no despertaría levanté la mirada y mi sobrino lo entendió, solo lo vi dirigirse a la puerta, abrirla y sentarse en la banqueta. Me había quedado sin saldo, no podía dejar a mi padre y tampoco podía pedirle a aquel niño sentado en la acera que fuera solo hasta donde estaban mi madre y mis hermanos. Mi padre siempre me hizo sentir un poco menos solo, pero aquella noche él se había ido, y yo no sabía qué hacer. Eran las 12:30 y no podía molestar a mis vecinos, mis tíos (hermanos de mi padre) vivían con mi abuela, solo a unas casas, pero tampoco sabía qué decirles.

Entonces recordé que otro de mis sobrinos solía conectarse a esa hora en facebook, y sí, lo encontré y le pedí que fuera al funeral de mi tío para avisarles a todos. Él me dijo que iría en ese mismo momento. Antes de que se fuera le pedí que me llevara unos cigarros.

En unos minutos ellos estarían en casa, mi madre lloraría por haber perdido al hombre con quien vivió casi 30 años, mis hermanos la consolarían, alguien más se haría cargo de notificar a quien hiciera falta. Todo estaba bien. Ahora podía tomármelo con calma y despedirme de él. Abracé su cuerpo, que aun estaba tibio, y le agradecí por todo lo que había hecho por mí. Besé su frente y le prometí que me esforzaría por hacer que se sintiera orgulloso de mí. Ya todo estaba hecho, él podía partir, y nosotros seguiríamos aquí, hasta que llegara nuestro momento también.

Salí al patio y comprendí que ahora sí estaba solo. Me fui a la parte más oscura, me arrodillé, y lloré. Escuché a los demás llegar, escuché a mi madre y mis hermanas llorar. Los días siguientes fueron como un sueño. Estando en su ataúd, mi padre abrió los ojos, su mirada estaba ahí, pero él ya no. La noche después de su entierro llovió, y pensé en lo mucho que le molestaba que lloviera de noche, pues tenía mal una pierna y le costaba mucho cruzar el patio lleno de lodo.

Parece como si hubiera sido ayer, pero ya son dos años. Mi vida ha cambiado mucho desde entonces, pero él ya no está aquí para verlo. Y hay días, como hoy, en que siento que lo extraño demasiado.

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