Run, boy, run…

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Viernes por la mañana. Último día para entregar los trabajos de psicología social, me he estado durmiendo hasta tarde, leyendo algunos textos, e incluso mi novia me ha ayudado para poder terminar a tiempo. Tengo hasta las 8 de la noche, así que voy decidido, cuando llegue a la oficina, terminaré los ensayos que me faltan, los imprimiré y engargolaré ahí mismo; y a las 7:00 p.m. saldré corriendo para llegar a la escuela antes de que el tiempo termine.

Tengo todo arreglado, pienso. Excepto por el pequeño detalle de que mi jefa me pidió un documento del IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social), y desde el lunes tengo problemas con su sistema; ya he consultado en línea, he enviado e-mails, y hasta he ido 3 veces a las oficinas del IMSS, y sólo me han hecho dar vueltas en vano, y en cada ocasión, me dan una solución distinta que, obviamente, no me ha servido de nada.

Al llegar a la oficina, apenas tengo tiempo de encender mi computadora y tomar el café de la mañana, pues me piden que vaya al despacho de un contador que ha prometido solucionar nuestro problema en menos de una hora. El contador insiste en que sólo se le envíen los datos y archivos necesarios, y que él se comunicará con nosotros en cuanto todo esté arreglado, pero mi jefa lo interrumpe y le dice que no, que yo iré a su despacho. Y ya que, como un simple oficinista, no tengo derecho a elegir, mi jefa da la orden y yo tomo mis cosas y salgo corriendo. Mientras más rápido termine todo esto, más pronto estaré finalizando y entregando mis tareas escolares.

Llego al despacho y el contador me recibe muy tranquilo. Me dice que no me preocupe, que en menos de una hora habremos terminado con los trámites necesarios. Tres horas después, ese mismo contador me dice que no entiende porqué el sistema no nos muestra los datos correctos, y después de revisar todas las opciones posibles (por centésima vez) se da por vencido, y me aconseja entregar otro documento en lugar del que intentamos conseguir, la idea ya la había propuesto yo unos días antes, al ver que el sistema del Seguro Social parecía un laberinto sin fin que no llevaba a ningún lugar.

Bien, pienso, si no hay otra opción, entregáremos el otro documento (que yo ya había preparado), y aún me queda tiempo para terminar la tarea, quizá no alcance a revisar bien lo que voy a entregar, pero sí podré entregarlo a tiempo.

Al llegar a la oficina, mi jefa está de acuerdo, no hay otra opción, no queda más que hacer. Por fin. Me siento en mi escritorio, enciendo la computadora y…

Mi jefa me llama, me explica que quizás si vamos al IMSS y les explicamos… Ella sigue hablando, pero lo único que pienso es que otra visita al IMSS es una pérdida de tiempo, y en este momento, lo que menos tengo es TIEMPO.

Ella termina de hablar y le explico que de nada servirá, ella me responde que piensa lo mismo, pero no tenemos nada que perder, y quizá en un golpe de suerte ellos logren poner fin a todo esto.

Una vez más, recojo mis cosas. Esta vez, mi jefa me acompaña; y tal como yo esperaba, no nos dan una solución, pero ahora hay que hacer dos trámites más, en distintos lugares, y llevando una buena cantidad de documentos “necesarios” para realizar dichos trámites. ¿Servirá de algo realizar esos trámites? El sujeto detrás de la ventanilla nos dice que no está seguro de eso, pero “probablemente sí”.

Son las 3:30 p.m. del viernes. Mi jefa decide que ya dimos muchas vueltas y que, considerando que la resolución de estos trámites tomará de 8 a 10 días, no es necesario apresurarse, ya que el documento que necesitamos es para el lunes. Así que optaremos por el Plan B. Es hora de volver a la oficina.

Imprimo el documento. Tres veces, pues así lo requieren. Mi jefa y otros ingenieros lo revisan y le dan el visto bueno.

Son las 5:00 p.m. cuando por fin logro iniciar con los trabajos que debo entregar en menos de 3 horas. Afortunadamente, no me siento bloqueado, puedo escribir con fluidez y sin detenerme, ya casi voy a la mitad, mi jefa salió a comer y nadie me puede interrumpir en este momen…

Suena mi celular. Contesto. Es mi jefa, diciéndome que está en el banco. Pasó a… Uhmmm… En realidad no se a qué fue; pero me dice que olvidó su identificación, sobre unos documentos que se encuentran en su escritorio, y que si se la puedo llevar. Le digo que sí, que ya voy para allá, mientras pienso ” ¿porqué a mí?”.

No hay tiempo de lamentarse, apenas encuentro la dichosa identificación, salgo corriendo hacia el banco y regreso rápidamente a la oficina. Llego sudando, pero no importa. Debo terminar.

Son las 7:20 p.m., mando a imprimir mi trabajo (¿ya mencioné que sin la ayuda de mi novia no lo habría terminado?), lo engargolo ahí mismo, y le aviso a mi jefa que ya me voy, ella me dice que hay que terminar algunos pendientes y que si puedo ir un par de horas extra al siguiente día (sábado), yo le digo que sí y me entrega las llaves.

Voy subiendo al trolebús, son las 7:40 p.m. y siento que ya no alcanzaré a llegar. Subo en Olivos, y bajo en Dr Galvez en 15 minutos.

Llego corriendo a la facultad de psicología. Busco al profesor en su cubículo y no lo encuentro. Son las 8:00 p.m. ¿Será posible que el maestro ya se haya ido? Le pregunto a una chica que está cerca de ahí y me responde que no ha visto a ese profesor, entonces otro chico se me acerca y me dice que él también lo está buscando para entregarle un trabajo.

Vamos una vez más a su cubículo y vemos que hay varias notas pegadas en la puerta, diciendo que, en vista de que el profesor no se presentó aquel día, le dejaban sus trabajos ahí para revisión. Hacemos lo mismo. Ambos llegamos unos minutos antes de las 8:00 p.m., pero la nota dice que en realidad fue a las 7:00 p.m. Pegamos la nota a la puerta y deslizamos nuestros trabajos debajo de ella.

Salimos de la facultad. El joven con el que me acabo de encontrar me pregunta hacia donde voy, y me dice que le queda de paso, que nos podemos ir en su coche. Aún me quedan algunos trabajos pendientes, pero falta una semana para entregarlos, por ahora, sólo quiero regresar a casa y descansar después de tanto correr.

Mientras hablamos, él me pregunta sobre las otras materias que estamos cursando, y me pregunta que si ya entregué los últimos trabajos de x materia que “eran para hoy”. Le digo que ya casi los termino, pero que son para la siguiente semana. Él me corrige, diciendo que el trabajo final sí es para la siguiente semana, pero los otros ERAN PARA HOY. Llegamos al metro, le doy las gracias por el “aventón” y empiezo a correr de nuevo.

Paso por mi novia, en donde ella estudia, y vamos a su casa. Le pido su computadora y entro a la página a la que debemos subir los trabajos. Es cierto, ERAN PARA HOY, pero son la 10:00 p.m. y aún me quedan dos horas para terminar y subir los trabajos.

Son las 12:20 y voy a casa. Alcancé a terminar todo. No se cómo lo hice, pero lo logré. Tenía tiempo de sobra al iniciar la semana, pero no consideré los contratiempos de la oficina. Aún así, lo logré.

Estoy cansado de tanto correr, y debo admitir que incluso he llegado a desesperarme un poco, con todo lo de la escuela y el trabajo. Por ahora sólo quiero dormir.

Y mientras me acuesto, me pongo a pensar. Pienso que sí, que esto de andar corriendo de un lado a otro puede llegar a cansarme, pero al menos puedo hacerlo. A mediados del 2014 yo trabajaba como cajero y “multifuncional” en una tienda, y ni siquiera imaginaba que en unos meses presentaría el examen de admisión a la UNAM (esto, gracias a mi novia) y que a mediados del 2015 estaría asistiendo a la ceremonia de bienvenida para alumnos de nuevo ingreso. Dos años atrás, aunque ya estudiaba psicología, en Tehuacán (Puebla), sentía que todo estaba estancado, y que yo sólo estaba ahí, desperdiciando mi tiempo y viendo la vida pasar.

Ahora, vivo sólo, lejos de casa, pero compartiendo cada día con la chica más maravillosa que pude haber conocido; tengo un buen trabajo y estoy estudiando en “la máxima casa de estudios”, eso es mucho más de lo que yo podía imaginar hace un par de años.

Sí, quizá no es tan malo estar corriendo de un lado a otro. Por el momento, así es esta vida, y estoy contento de ser parte de ella.

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