Escribo, luego existo… 

“Caigo y me levanto”, escribió Cortázar. Y en el papel todo parecía tan jocoso, tan café con leche; pero cuando uno ve su propia caída sin poder hacer nada, el chiste no es tan gracioso.

No se en qué momento empezó, aunque lo más probable es que haya sido desde mucho tiempo atrás; solo se que un día desperté y estaba cayendo. Me dije a mí mismo que la caída es inherente a la naturaleza del hombre, y que de cualquier forma uno puede decidir, mientras cae, si lo hace hacia abajo, donde de todas formas no se puede caer más allá del suelo (aunque aquello implica el aceptar haber tocado fondo), o en cualquier otra dirección, buscando siempre llegar a un punto más alto… una ventaja más de habitar en un surrealista mundo esférico.

Y así, cada día, me levantaba por la mañana, y afrontaba mi constante caída con una sonrisa y la resignación de quien se conforma con el trabajo que tiene, sabiendo que pronto mandará al diablo todo aquello, consiguiendo un mejor empleo, mejorando sus ingresos y comprando muchos libros y cosas que no son necesarias pero, ¡ah, cómo alegran la vida!

Para mantener mi cordura, y poder exorcizar mis propios demonios, escribía. Escribía en cada oportunidad que tenía, desahogándome con gritos silenciosos, mientras la pluma rasgaba el papel, sintiéndome mejor con cada palabra escrita, con cada renglón y cada página. Al final, todo lo malo quedaba en el papel, mientras yo me quedaba con mi sonrisa, feliz de saber que había escrito algo, aunque solo fuera para mí (por ahora).

Todas esas palabras permanecían ocultas del resto del mundo, hasta que decidí confiar en que alguien más podía leerlas sin que eso me molestara, pues… a fin de cuentas, uno siempre necesita a alguien con quien compartir casi todo, y eventualmente uno llega a conocer a alguien así. Lo que no consideré fue que, aunque a mí no me molestara compartir aquello, a otras personas si les molestaría ver lo que había ahí. Y de repente todo estaba mal.

Quizás no sea tan buena idea mostrarse tal como uno es. Quizás lo que uno realmente es, solo es aceptable para uno mismo.

Ese día deje de escribir.

Aún podía distraer mi mente leyendo y escuchando música, incluso pensé en escribir un poemario o componer algunas canciones, pero no encontraba la motivación necesaria para hacerlo, y poco a poco, cada día fue convirtiéndose en una mala copia del día anterior, sin nada nuevo por delante. El tiempo era solo una mancha en el tejido de mi existencia. La caída ya no me importaba, ya no caía, simplemente caminaba, de aquí a allá. Haciendo lo que tenía que hacer.

Me sentía triste a ratos, pero era normal, así he sido siempre, así somos todos, a ratos tristes y a ratos alegres. Tampoco era para tanto, no me iba a suicidar ni nada por el estilo. De hecho, me parece muy gracioso que hace algunos años, cuando realmente pensé en el suicidio, nadie notó nada raro en mí (o probablemente a nadie le importó), y ahora, por un mal rato, todos creen que necesito ayuda profesional. Pero no, respeto a quien decide poner fin a su vida, de la manera que sea, pero a mí no me interesa mucho aquello. Lo que menos quiero es morirme, cuando todavía me queda mucho por hacer. 

En fin, mientras intentaba mantenerme de pie y con una buena actitud, todo a mí alrededor parecía ir de mal a peor. Como en una mala comedia, me levantaba y caía, una y otra vez, primero por esto, luego por aquello. Al final ya ni sabía por qué. Simplemente seguía interpretando mi papel de bufón dentro de la parodia de mi vida.

Estos últimos días me he sentido muy cansado. Me duele la espalda, y casi no hablo con nadie. Quizá no estoy en el mejor momento de mi vida, pero qué más da, he tenido peores momentos, y aquí sigo, riéndome de mi absurda existencia.

Tuve un mal rato que ha durado ya varios días, y aunque apenas voy saliendo de todo esto, pienso, con cierta ironía optimista: ¡Hey! hoy he vuelto a escribir 🙂

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What if…

Últimamente me ha dado por pensar en lo frágil que es la realidad que conocemos, en su tendencia al cambio. Y es que, de eso se trata la vida, de un constante cambio, pero vivimos sin pensar mucho en ello, simplemente aceptando todo tal y como es.

Todos los días tomamos decisiones que encaminan nuestra vida por un rumbo o por otro. Hay decisiones importantes en las que pareciera que nosotros tenemos todo el control: renunciar a un empleo, compartir nuestra vida con alguien más, mudarse de un lugar a otro. En esas grandes decisiones uno puede vislumbrar lo que seguirá después, las consecuencias de las elecciones, uno puede ver qué camino tomará nuestra vida y cómo cambiarán las cosas, pero incluso las decisiones pequeñas tienen grandes repercusiones en el futuro. Salir un minuto antes o un minuto después puede cambiar tantas cosas, elegir ir a un lugar o a otro te lleva a encontrarte con diferentes personas, las cuales, de una manera u otra, influirán en lo que harás después o en cómo lo harás.

Y así, la vida se forma a partir de nuestras elecciones; incluso el hecho de no elegir ya es una elección.

Pero qué importa, nuestro destino no está escrito, dicen por ahí, nosotros forjamos nuestro propio destino. Y es cierto, por eso no nos preocupamos tanto al tomar elecciones pequeñas, incluso con las grandes decisiones, tenemos esa sensación de que todo se está haciendo tal como debe hacerse (o no, pero aun así, lo hacemos, y damos ese salto de fe hacia ese lugar invisible que llamamos futuro).

Pero avanzamos, y el futuro incierto se convierte en nuestro presente. Es ahí donde me detengo a pensar, ¿qué tanto habría cambiado mi vida si hubiera hecho algo de manera distinta?

Pienso en ella y me siento feliz de estar aquí, de que nuestros caminos se cruzaran, de haberla conocido en el momento y lugar exacto.

—¿Si nos hubiéramos conocido mucho antes, crees que igual hubiéramos terminado juntos?— me preguntó en una ocasión. Y honestamente, creo que no, que todas las cosas por las que pasamos antes de encontrarnos nos fueron empujando por rumbos nuevos hasta hacernos coincidir en un mismo camino, si la hubiera conocido antes, o después, tal vez simplemente hubiéramos seguido caminando, ella por su lado y yo por el mío.

También pienso en mi madre, si ella y su primer esposo no se hubieran separado, mi padre habría terminado con alguien más y yo ni siquiera estaría aquí, escribiendo esto. ¿También debería agradecerle a ese hombre por divorciarse de mi madre? No, creo que no, pero basta con aceptar que así fue y así tuvo que ser.

Hace unas semanas, revisé por pura curiosidad los mensajes de una cuenta que no usaba desde el año pasado, y descubrí que una chica me había mandado un mensaje diciendo que su banda de rock necesitaba un integrante más, que habían visto mi mensaje y habían escuchado mis grabaciones, que me comunicara con ella para ver qué se podía hacer; el mensaje era de Febrero del año pasado. Por aquellos días, la persona con la que salía me pidió dejar las redes sociales por un tiempo, lo cual me pareció bien, de no ser porque a excepción de ella, yo no tenía ningún otro amigo (fuera de Internet) con quien salir o pasar el rato, así que empecé a pasar más tiempo a solas, leyendo, escribiendo, practicando con mi guitarra, y alimentando una depresión que me apartaba cada vez más del resto del mundo. Y mientras yo exploraba las partes más oscuras de mi persona, ese mensaje seguía ahí, esperando respuesta, así que cuando lo leí no pude evitar pensar en qué tanto habría cambiado mi vida y las decisiones que tomaría posteriormente, ¿seguiría viviendo en el mismo lugar?, ¿qué otras personas habría conocido?, ¿qué otras historias tendría para contar?.

¿Te arrepientes de algo que hayas hecho?, me preguntó alguien, hace poco. Probablemente sí, me habría gustado cambiar un par de cosas; pero entonces pienso en todo esto, y si hubiera hecho algo de manera distinta toda mi vida como la conozco sería diferente, y entonces me arrepentiría de otras cosas, así que prefiero simplemente no lamentar nada, y aceptar que la vida que he vivido es la vida que he elegido, y que no podría estar mejor.

En fin.

Solo estoy divagando.

Nos leemos en el próximo post.

Ahora que no estás…

El domingo pasado se celebró el día del padre. Mi novia y yo fuimos a casa de su padre; mi madre, junto con mi tía, pasaron el día con mi abuelo, que a su avanzada edad aun parece tener una gran vitalidad, no así su esposa (tercera esposa), que se veía bastante cansada en las fotos que mi hermana me envío por facebook.

Yo siempre he visto esta fecha con cierta indiferencia. Con mi familia (mi padre y mi madre) casi nunca celebré fechas especiales con demasiado entusiasmo, a excepción de algunos cumpleaños, fiestas de fin de año y eventos escolares. Sin embargo, con tantos anuncios sobre el Día del Padre fue inevitable ponerme a pensar en él y recordar tantas cosas.

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Él era un hombre serio y callado (varias personas me han dicho que en eso me parezco mucho a él). A pesar de haber sido un niño muy inteligente, no tuvo los recursos para seguir sus estudios y solo alcanzó a terminar la primaria. Aun así, se sentaba conmigo a darme clases de español y matemáticas, y gracias a él logré aprender a leer a los 4 años y antes de entrar a la primaria yo ya sabía sumar y restar con mucha facilidad.

En sus últimos años yo lo ayudaba a acostarse y levantarse de la cama; mi madre nos observaba y me decía lo orgullosa que se sentía de que yo cuidara tan bien de él, y después se ponía a recordar aquellas noches en las que, siendo yo un bebé, mi padre me tomaba en brazos y me sacaba el patio, hasta que yo me cansaba y me quedaba dormido, él podía pasar horas así, decía mi madre, y cuando le pedía que ya se metiera a la casa, él fingía no escuchar y seguía meciéndome en sus brazos; así como él te cuidaba, ahora tú cuidas de él, decía. De esas noches me queda un vago recuerdo de un cielo estrellado y un sentimiento de tranquilidad y seguridad que resulta bastante confortante.

Confieso que durante mi adolescencia lo llegué a odiar, nunca discutimos, pero con nuestra forma de ser, el silencio bastaba para aumentar la tensión entre ambos y demostrar lo disgustados que estábamos uno con el otro. Solo fue una etapa. Cuando mi padre enfermó y quedó desempleado, empezamos a convivir más y descubrí lo parecidos que éramos. Aun recuerdo el día en que le confesé que me había dado por vencido y que ya no seguiría estudiando la ingeniería; esperaba que él me regañara o que al menos me dijera que estaba decepcionado de mí, pero no fue así, se sentó conmigo y me dijo que, después de todo, tal vez eso no era lo mío, y que no importaba lo que eligiera, él me apoyaría en todo.

La noche que él murió, yo fui el primero que lo vio así, sin vida. Lo abracé y le di las gracias por todo lo que había hecho por mí. Aquella noche, cuando mi madre y mis hermanos llegaron a casa, yo salí al patio y lloré a solas. Mi padre era la única persona que parecía entenderme, y con su muerte, el mundo empezaba a parecerme un lugar más solitario.

Después de eso, mi vida cambió. Empecé a salir con alguien. Me fui de casa y viví solo, en la Cd de México. Ingresé a la universidad. Mi ideología y mis creencias cambiaron… y hubo varios momentos en los que me habría gustado que él siguiera con vida, para contarle todo lo que estaba haciendo, para pedirle algún consejo, o simplemente para platicar con él de cualquier cosa.

Y un día, dos años después de su muerte, soñé con él; fue un sueño muy extraño, yo estaba consciente de que estaba soñando, pero él (o la representación onírica de él) parecía no entender porqué me sorprendía tanto verlo ahí, después de tanto tiempo. Le dije que no me hiciera caso, que simplemente estaba feliz de verlo de nuevo, y lo abracé, sabiendo que pronto despertaría, él puso su mano sobre mi cabeza y sonrió. Fue solo un momento, y cuando desperté, yo estaba llorando, pero me sentía feliz.

Ya no me siento solo, conocí a una linda chica de la cual me enamoré, y ahora vivimos juntos. Tal vez él ya no está, pero me siento feliz por haber tenido un padre como él, que estuvo conmigo el tiempo necesario, que me enseñó tantas cosas, y que me ayudó a convertirme en el hombre que soy ahora.

Apología de la Soledad. 

—La gente como vos no puede tener amigos—me dijo; y debo admitir que tenía razón. 

Hasta cierto punto, es cierto. Soy una persona que no tiene amigos, siempre he sido el tipo aburrido que se aparta de los demás para regodearse en su soledad.

Aún recuerdo que, el año pasado, mientras empacaba mis cosas para irme de la Ciudad de México, me puse a pensar en todas las personas que conocí en esa ciudad, y por un instante, sentí cierta tristeza. Aquel día empaqué todo, tiré lo que ya no necesitaba,  y me fui de ahí. No me despedí de nadie y nadie fue a despedirse de mí. Tres años viviendo solo, en una de las ciudades más pobladas del mundo,  y nunca me preocupé por hacer verdaderos amigos. Tuve un par de conocidos, y llegué a convivir con algunas personas, pero nada más. 

Si bien es cierto que en mi soledad he encontrado el espacio y el tiempo necesario para escribir más, leer, dibujar e incluso hacer música, también es cierto que he tenido momentos en los que me he sentido muy solo y me hubiera gustado tener algún amigo, o amigos, con quienes hablar de temas en común. Libros, música, arte, o cualquier trivialidad. Sin embargo, nunca he sido una persona muy sociable, y en algunas ocasiones incluso he sentido cierta aversión hacia el resto del mundo.

Viene a mi memoria un recuerdo muy lejano de mi infancia, cuando regresaba con mi padre de una fiesta. La fiesta aún no terminaba, pero nosotros decidimos que ya no nos sentíamos cómodos estando ahí. Los dos caminábamos en silencio rumbo a casa, y repentinamente él dijo: “tienes que aprender que nosotros no somos como ellos, nosotros siempre vamos a estar solos”, e intentó mirar hacia otro lado para que no lo viera llorar. Yo tenía unos 7 años, y en ese momento no supe si lloraba por mí, por él, o por ambos, simplemente lo escuché y seguimos caminando.

“Siempre vamos a estar solos”…

En otras ocasiones, mi padre solía decir, con cierto aire de autosuficiencia “es mejor estar solo que mal acompañado”, y sin darme cuenta, aquella frase se convirtió en una especie de mantra que yo recitaba inconscientemente, en los días más solitarios de mi adolescencia.

Normalmente no pienso mucho en todo esto. Aprovecho la soledad para leer, escuchar música, o hacer alguna otra cosa. Pero hay momentos, hay días, en los que solo me da por pensar. Y entre tantos pensamientos, llega la nostalgia, la melancolía, y en algunos casos, incluso la depresión. Pero no importa, uno se acostumbra a ese tipo de cosas. 

Hubo un tiempo en que la soledad me dolía, hubo días en los que mi soledad era como una carga pesada que me aislaba de todo (incluso de mí mismo), pero aquellos días pasaron, y la he asimilado como algo inherente a mi persona.

Soy un tipo solitario, igual que mi padre, pero aun en mi soledad, puedo decir que he tenido un par de amistades a lo largo de mi vida (las suficientes), y también he tenido algunas relaciones que en su momento me hicieron sentir vivo.

A fin de cuentas, uno siempre está solo, pero no por completo.

Peace & Love

All apologies… 

What else should I be? 

Han pasado varios meses desde la última vez que escribí aquí. Después de vivir durante casi tres años en la ciudad de México, lejos de mi familia y de todos los que conocía, decidí irme a otro lugar. En ocasiones aun me da por extrañar ciertos lugares que solía visitar, pero a fin de cuentas, de eso se trata la vida, de seguir avanzando, de no quedarse en el mismo lugar y de no ser siempre la misma persona. 

What else could I write? 

Durante algún tiempo dejé de escribir (ni siquiera para mí mismo). He notado que eso lo hago con mayor frecuencia cuando me siento triste, o melancólico, o deprimido… Últimamente hay muy poco de eso. Aún así, no he perdido la costumbre (y el gusto) por escribir. Incluso he leído muchas cosas que había escrito en años anteriores y me sorprendió un poco lo mucho que he cambiado. Por eso, espero escribir más y con más frecuencia en mis diarios y el blog (si me dieran un dolar por cada vez que digo eso…). 

In the sun… 

En fin. Aun tengo momentos en los que la nostalgia me invade y me pongo melancólico, pero por primera vez en mucho tiempo me siento realmente bien. Ya no me siento perdido. Me ha costado mucho volver a equilibrar los distintos aspectos de mi vida, y se que aún me queda mucho por hacer, pero aquí sigo. Y como dijo Scott Fitzgerald: mañana correremos más rápido, estiraremos más los brazos, y una buena mañana…

Peace.

Despersonalización

Separas la vista del monitor y te sientes extraño. Sí, eres yo, pero eres el yo que actúa, el yo que siente las cosas, yo soy YO, el que vive de pensamientos, de percepciones, de ideas… normalmente somos uno, funcionando en perfecta sincronía. Pero, como decía, en este momento te sientes extraño, como si el mundo real fuera una construcción artificial, una imagen holográfica, irreal, y lo es, porque aunque interactúas con él de forma física, solo llegas a conocerlo y comprenderlo a través de mis pensamientos e ideas.

Creo que alguien te llama (nos llama), y antes de que pueda responder, ya estás de pie, y empiezas a caminar. Ahora yo soy el que se siente extraño. Tu desplazamiento es mecánico, eres una máquina orgánica… ehmmm… casi perfecta. Pero mi desplazamiento es etéreo, como un velo que, teniendo su origen en la parte superior de tu cuerpo, se deja agitar y ondear en el aire.

Como dije, tú y yo somos uno, pero de vez en cuando, la realidad se torna extraña y sucede esto.

Las voces se oyen lejanas y con un eco que me incomoda, como viniendo de un lugar distante, aunque sean pronunciadas por personas que están apenas a unos pasos de mí. La atmósfera se siente densa, mi mente se siente abotargada, y mi cuerpo, demasiado extraño, casi ajeno a mí.

Es algo que me pasa desde que tenía unos 7 u 8 años. Recuerdo que en una ocasión, al intentar describir esto a mi padre, le dije que sentía como si mi alma intentara salir de mi cuerpo; mi padre solo me lanzó una mirada de desaprobación y nunca lo volví a mencionar a nadie, hasta hace algún tiempo, cuando se lo explique a mi novia.

Sentimiento de Despersonalización… el nombre lo encontré hace poco mientras navegaba en internet y por fin supe cómo llamar a lo que me pasaba. Llevo ya muchos años así, sin saber en qué momento pasará o cuánto durará. Aunque he aprendido a tolerarlo, no puedo decir que ya esté acostumbrado.

En fin, en este momento me siento así, pero ya se me pasará.

Ansiedad

7:30 a.m.: Despierto, con tiempo de sobra para bañarme, cambiarme, e irme con calma al trabajo. Me levanto y me quedo así un rato (pensando, solo pensando). Entre el baño y la ropa, me doy cuenta de que mi respiración es más rápida de lo normal… sí, también tengo taquicardia, esto no está bien. Intento relajarme, me siento, cierro los ojos y respiro profundamente… exhalo… esto debe ayudar, ya en otras ocasiones ha servido. Funciona, creo que funciona… pero, de repente, empiezo a sentir una punzación cerca de la nuca. Alguien hace ruido afuera. Poner una sonrisa falsa y de buenos amigos es simple, pero no cuando estoy así, cuando la ansiedad llega, no salgo, y si ya estoy afuera, miro al suelo, intentando no cruzar la mirada con nadie, y apresurando el paso para llegar a un lugar donde me pueda sentir seguro… pero ahora… me quedo ahí sentado, aguantando la punzación en la cabeza, esperando a que ya no haya nadie afuera, para poder salir del cuarto e irme al trabajo; aunque, en este momento, ese tiempo de sobra que tenía al despertarme se ha ido, y es seguro que llegaré tarde, otra vez…

Eso sucedió ayer, hoy desperté un poco más tranquilo. Por ratos aún puedo percibir cierta sensación de ansiedad, llevo ya un par de semanas así. Supongo que todo eso se debe al exceso de estímulos e información (tareas, examenes, libros, el trabajo, etc…) y al poco cuidado que tengo de mí mismo (desvelos, lectura tras lectura sin darme un momento de descanso, el haber dejado la meditación, que empezaba a hacerme mucho bien…).

Por pura casualidad me topé con una publicación que enlistaba 23 maneras de poner al cerebro en su lugar y que aconsejaba lo siguiente:

  • Si estás cansado, dibuja flores.
  • Si estás enojado, dibuja líneas.
  • Si te duele algo, esculpe.
  • Si estás aburrido, llena una hoja de papel con colores diferentes.
  • Si estás triste, dibuja un arcoíris.
  • Si tienes miedo, teje macramé o elabora aplicaciones de telas.
  • Si sientes angustia, haz una muñeca de trapo.
  • Si estás indignado, rompe el papel en pedazos pequeños.
  • Si estás preocupado, practica origami.
  • Si estás tenso, dibuja patrones diferentes.
  • Si necesitas recordar algo, dibuja laberintos.
  • Si estás decepcionado, haz una réplica de una pintura.
  • Si estás desesperado, dibuja caminos.
  • Si necesitas entender algo, dibuja mandalas.
  • Si necesitas restablecer las energías, dibuja paisajes.
  • Si quieres entender tus sentimientos, dibuja un autorretrato.
  • Si es importante recordar tu estado, dibuja manchas de colores.
  • Si necesitas sistematizar tus pensamientos, dibuja celdas o cuadrados.
  • Si quieres entender tus deseos, haz un collage.
  • Si quieres concentrarte en tus pensamientos, dibuja usando puntos.
  • Para encontrar la solución óptima a una situación, dibuja olas y círculos.
  • Si sientes que estás estancado y necesitas seguir adelante, dibuja espirales.
  • Si quieres concentrarte en una meta, dibuja cuadrículas y un blanco.

Según la lista, debo hacer una muñeca de trapo. Mi novia cree que debería probar, pero no creo que termine haciendo eso. Aún así, la lista parece interesante. Yo mismo tengo unos cuantos métodos para “estabilizarme”, como la respiración profunda (que mencioné al principio) para centrarme; dibujar también me ayuda a poner mi mente en blanco y olvidarme de mis preocupaciones; tocar la guitarra me relaja e incluso me ayuda un poco cuando tengo dolor de cabeza.

Pero lo de estos días es distinto, creo que empiezo a llegar al límite. La semana pasada, al intentar leer un libro, me di cuenta de que no entendía nada, incluso después de releer 3 o 4 veces la misma línea (sí, no pude comprender ni siquiera una línea del texto que estaba leyendo).

Mi novia me aconsejó ir a terapia. Yo ya lo había considerado; pero antes quiero volver a intentar por mi propia cuenta, estabilizar cada área de mí mismo: con la meditación, actividades más sanas, una buena alimentación, dormir bien, y sobre todo planificar mejor mi tiempo para no llenarme de mil cosas a la vez.

Ya veremos qué sucede. Si nada de eso funciona, aceptaré ir a terapia.

Por cierto, llevo toda la semana intentando escribir algo, y no he podido; en estos momentos aprovecho el breve momento de “claridad” que tengo para poder actualizar el blog. Escribir también es bueno para la salud (lo dice Gabriella Literaria), pero se siente terriblemente mal cuando lo intentas y simplemente no te sale nada, supongo que el haber escrito este post ya se puede considerar un avance (Bien por mí). Por ahora, eso es todo.

Nos leemos en otra ocasión, damas y caballeros.