El cuestionario Proust…

 

Saludos, damas y caballeros.

Por fin tenemos computadora e internet en casa.

Ya teníamos una laptop, y con mi plan de datos podía navegar desde el celular hasta el cansancio, pero… bueno… ya saben, no es lo mismo.

Extrañaba poder sentarme frente al escritorio, ante la luz inquisidora de la pantalla, y escribir… como solía hacerlo hace tanto tiempo.

Así que… supongo que el blog ya no estará tan abandonado. Y también podré retomar algunos viejos proyectos e iniciar otros nuevos que tengo en mente desde hace un buen rato.

Ya habrá tiempo para todo eso. Un paso a la vez, dice el Mago.

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En fin…

Revisando los viejos archivos del blog me topé con algunas publicaciones como ésta, de hace poco más de un año, y me sorprende ver cómo ha cambiado mi vida en este tiempo. Todo ese hastío acumulado que me hacía sentir que estaba llegando a un callejón sin salida ahora solo es un viejo recuerdo que poco a poco se desvanece.

Junto a esas publicaciones, también encontré borradores que nunca llegué a publicar, uno de ellos contenía el famoso Cuestionario Proust (para quien no sepa de qué se trata, puede googlearlo… o simplemente dar click aquí); así que decidí actualizarlo y publicarlo hoy, mientras termino de editar los demás posts que pronto publicaré también por aquí.

 

Comencemos con el interrogatorio…

1. ¿Principal rasgo de su carácter?

Introvertido.

2.  ¿Qué cualidad aprecia más en un hombre?

La lealtad.

3.  ¿Y en una mujer?

La inteligencia.

4. ¿Qué espera de sus amigos?

Simplemente poder contar con ellos cuando los necesite.

5.  ¿Su principal defecto?

Mi impuntualidad, o tal vez mi misantropía.

6. ¿Su ocupación favorita?

Leer, definitivamente leer (Cuentos, novelas, cómics, lo que sea).

7. ¿Su ideal de felicidad?

Los días libres en los que no tengo ningún compromiso y simplemente puedo disfrutar del día haciendo cualquier cosa (o ninguna).

8. ¿Cuál sería su mayor desgracia?

Darme cuenta que he llegado al límite de todo lo que puedo hacer y que de ahí en adelante, todo se vuelva monótono y rutinario… afortunadamente, aun hay muchas cosas por hacer.

9.  ¿Qué le gustaría ser?

La mejor versión de mí mismo.

10.¿En qué país desearía vivir?

Tal vez suene un poco cliché, pero… yo diría que Francia… aunque también me gustaría visitar España, o Argentina, .

11.  ¿Su color favorito?

Negro.

12. ¿La flor que más le gusta?

No se… ¿Tulipanes?

13. ¿El pájaro que prefiere?

El colibrí.

14. ¿Sus autores favoritos en prosa?

Julio Cortázar, Terry Pratchett, Haruki Murakami, Neil Gaiman, Isaac Asimov, John Kennedy Toole, Jack Kerouac…

15.  ¿Sus poetas?

Charles Baudelaire, Alejandra Pizarnik, Pablo Neruda, Juan Gelman…

16. ¿Un héroe de ficción?

John Constantine.

17.  ¿Una heroína?

Silhouette (Watchmen).

18. ¿Su compositor favorito?

Uhmmm… no se… Paganini, Dylan, Morrison, Lennon, Saul Hernandez…

19. ¿Su pintor preferido?

Van Gogh, el Bosco, Dalí, Remedios Varo…

20. ¿Su héroe de la vida real?

Mi padre.

21. ¿Su nombre favorito?

Luis.

22. ¿Qué hábito ajeno no soporta?

Los chismes.

23. ¿Qué es lo que más detesta?

A la gente que habla mal de otros solo para sentirse mejores.

24. ¿Una figura histórica que le ponga mal cuerpo?

Veo a la historia de un modo muy objetivo, incluso los personajes más crueles o sádicos me son indiferentes (algunos hasta me parecen interesantes)

25. ¿Un hecho de armas que admire?

Las cruzadas.

26. ¿Qué don de la naturaleza desearía poseer?

Volar, tal vez.

27. ¿Cómo le gustaría morir?

De manera tranquila, rodeado de personas que me quieran y con la satisfacción de haber logrado todo lo que me propuse en vida.

28. ¿Cuál es el estado más típico de su ánimo?

Apacible, con cierta inclinación hacia la melancolía.

29. ¿Qué defectos le inspiran más indulgencia?

La ignorancia.

30. ¿Tiene un lema?

El del Mago solía ser Peace&Love… personalmente no tengo uno en especial.

 

Y eso fue todo. Supongo que el próximo año volveré a responder las preguntas y compararé mis respuestas; ustedes también pueden hacerlo, si gustan.

Nos leemos en el siguiente post, damas y caballeros.

Peace&Love…

All apologies… 

What else should I be? 

Han pasado varios meses desde la última vez que escribí aquí. Después de vivir durante casi tres años en la ciudad de México, lejos de mi familia y de todos los que conocía, decidí irme a otro lugar. En ocasiones aun me da por extrañar ciertos lugares que solía visitar, pero a fin de cuentas, de eso se trata la vida, de seguir avanzando, de no quedarse en el mismo lugar y de no ser siempre la misma persona. 

What else could I write? 

Durante algún tiempo dejé de escribir (ni siquiera para mí mismo). He notado que eso lo hago con mayor frecuencia cuando me siento triste, o melancólico, o deprimido… Últimamente hay muy poco de eso. Aún así, no he perdido la costumbre (y el gusto) por escribir. Incluso he leído muchas cosas que había escrito en años anteriores y me sorprendió un poco lo mucho que he cambiado. Por eso, espero escribir más y con más frecuencia en mis diarios y el blog (si me dieran un dolar por cada vez que digo eso…). 

In the sun… 

En fin. Aun tengo momentos en los que la nostalgia me invade y me pongo melancólico, pero por primera vez en mucho tiempo me siento realmente bien. Ya no me siento perdido. Me ha costado mucho volver a equilibrar los distintos aspectos de mi vida, y se que aún me queda mucho por hacer, pero aquí sigo. Y como dijo Scott Fitzgerald: mañana correremos más rápido, estiraremos más los brazos, y una buena mañana…

Peace.

El dilema del erizo

Como los erizos, ya sabéis, los hombres sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos.

Donde habite el olvido, Luis Cernuda.

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Fueron casi tres años. Casi tres años de buenos momentos, malos ratos, alegrías, tristezas, discusiones, todo eso, compartido con alguien que parecía ser lo que algunos llaman “la persona indicada”.

Y poco antes del final… ahí estaba yo, solo, contemplando las cosas buenas y las cosas malas, poniéndolas en una balanza que no dejaba de moverse de un lado a otro.

El cálculo debía hacerse fríamente y sin emociones…

Era necesario tomar una decisión…

Una ruptura nunca es fácil, siempre queda el “y qué tal si…” en el aire. Pero ya habían sido demasiados “Qué tal si…” que nos habían hecho volver a intentarlo, y siempre regresábamos al mismo lugar.

No fue algo repentino, lo consideré durante mucho tiempo, lo alargué hasta donde pude, a veces buscando una pequeña esperanza en medio de tantas dudas. En algún momento todo estará bien, me decía a mí mismo, todas las parejas tienen problemas y discusiones, es normal. Pero mientras más lo pensaba, mientras más lo analizaba, resultaba más obvio lo que debía hacer. Y aun así, esperé todavía más.

Y los días se alargaron…

Mis depresiones tampoco ayudaban. Había encontrado una zona de confort y me sentaba cómodamente a contemplar mi miseria, a observar mi propia oscuridad. Me volví adicto a mi propia melancolía. Cuando peor me sentía, ella no estuvo. Y cuando ella me necesitaba, yo tampoco estuve como ella esperaba. Me fui perdiendo dentro de mí mismo, pensando que nada importaba y que no había nada que valiera la pena, volviéndome ajeno al resto del mundo.

Y los reclamos… las quejas por el estado en el que me encontraba, por mi falta de interés en la escuela, el trabajo, en la vida. No la culpo, a veces ni yo mismo me soportaba, pero el suicidio ya me parecía algo demasiado simple, innecesario, y hasta vulgar, así que debía seguir lidiando conmigo mismo.

Fue difícil, pero era necesario tomar una decisión, ¿seguir alargando los días o poner un punto final?.

Dolió… sí, mucho… dolió todo lo que tenía que doler (pero ya solo dolería una vez, una última vez). Ya no habría más discusiones ni expectativas que cumplir, ya no habría nada más. Aún así, tuve que verla a la cara al contarle sobre mi decisión, fingir indiferencia, y escuchar lo que ella tenía que decir, eso dolió un poco más… pero ya no dije nada, solo me quedé callado y esperé, ocultándome tras una máscara de insensibilidad, o tal vez era que ya no había más máscaras y por fin podía mostrarme insensible y sin emociones… quién sabe. Alguien me había dicho por aquellos días que yo era el peor ser humano que había conocido, si lo dijo en tono de broma o realmente lo creía al decirlo, no lo se, y en ese momento, al verla llorar por mi culpa, así me sentí: el peor ser humano sobre la tierra.

Pero ya no había marcha atrás. Arrepentirme en ese momento de la decisión que tomé de manera racional porque mis caóticas emociones no concordaban con tal elección solo habría reiniciado nuevamente el ciclo que tantas veces habíamos repetido.

Nunca he sido bueno para las despedidas, pero al dar por terminada esa conversación, darle la espalda y empezar a caminar… volví a sentirme solo y sin rumbo fijo. Una etapa muy interesante de mi vida (como ella lo había llamado) había terminado, pero no era el fin del mundo (nunca lo es), aún había un camino delante de mí. Y para bien o para mal, debía seguir caminando.

Al final, de eso se trata la vida, únicamente de seguir caminando.

 

Alma mía eterna,
cumple tu promesa
pese a la noche solitaria
y al día en fuego.

Pues tú te desprendes
de los asuntos humanos,
¡De los simples impulsos!
Vuelas según…

~Rimbaud~

Hablando de mujeres…

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Martes… el día después del lunes (es obvio, ¿no?). Llego tarde al trabajo, saludo a mi jefa y a la otra señora que trabaja aquí, me siento en mi escritorio y enciendo la computadora. Mi jefa entra a su oficina y yo me levanto para servirme una taza de café.

Bien —me digo a mí mismo, mientras vuelvo a mi lugar— aquí vamos…

La señora que hace el aseo pasa frente a mí y entra a la oficina de la contadora (mi jefa), como todos los días, para limpiar un poco.

—Felicidades —le dice la contadora— déjeme darle un abrazo.

—Gracias, gracias —responde ella.

—¿Sí sabe porqué la estoy felicitando?

La señora del aseo dice que no, se oyen risas, y después le explican que hoy es “El día de la mujer” y que por eso la han felicitado. Ella también felicita a mi jefa. Sale de la oficina diciendo que no sabía, pero que es bueno enterarse de que hoy se festeja a todas las mujeres, etc, etc…

Y mientras ella va saliendo de la oficina, yo solo pienso…

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No ahora, por favor…

En fin. Llevo ya un año trabajando aquí, y he ido conociendo bien a la mayoría de los que aquí trabajan, así que ya sabía cómo continuaría todo esto… pero ustedes no, así que les seguiré contando.

Como les iba diciendo, ella sale muy contenta por ese abrazo y esa felicitación, hasta ahí todo bien, pero apenas sale de la oficina fija su mirada en mi y en la otra señora, y le dice a la contadora que es una lástima que se tengan que felicitar entre ellas, porque los hombres ni siquiera nos acordamos de felicitarlas.

Yo finjo no haber escuchado eso, y mientras la señora del aseo sale, la otra señora me ve y hace un gesto, como diciendo “ya va a empezar otra vez”.

Ojalá todo acabara ahí. Pero no, del otro lado, hay un par de ingenieros trabajando en cosas que tenían pendientes. La señora del aseo se dirige hacia allá y desde aquí se le puede oír.

—Es una pena que ningún hombre se acordara de nuestro día —dice ella— por eso tenemos que felicitarnos entre nosotras…

Ellos se disculpan y le dicen que no se les olvidó. Feliz día de la mujer, dicen ellos. Vuelve a pasar por aquí, y continúa “bromeando” con eso de que los hombres no se acordaron de las mujeres en su día. Empieza a cruzar esa linea entre lo gracioso y lo realmente molesto.

Y así sigue, hasta que alguien le explica que hoy no se festeja nada, que se conmemora la lucha de las mujeres por la igualdad, le cuenta de las obreras que murieron en aquel incendio, a principios del siglo pasado, en Nueva York, y de paso le cuenta sobre Malala. Ella lo escucha pero le dice que igual quiere que le den la razón y que la feliciten por ser mujer. Después se acerca a la otra señora (a quien tampoco le cae muy bien) y le dice que seguramente los hombres no las felicitan porque les tienen envidia. La otra señora le dice que se equivoca y que debería dejar de hablar tanto sobre eso, pues… de hecho, ella ni siquiera sabía qué se conmemoraba hoy, hasta que la felicitaron. Ella no cede y prosigue, usando frases hechas y lugares comunes, para reivindicar su derecho a ser felicitada. Yo… bueno, yo… prefiero guardar silencio, no tiene caso agregar nada a lo que se está diciendo. Después de un rato se cansará y todo volverá a la normalidad (más o menos).

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Antes de que alguien se moleste, no estoy en contra de que haya un “día de la mujer“, pero una cosa es conmemorar y recordar a todas esas mujeres que han luchado por lograr un cambio en la sociedad y otra, muy diferente, es felicitar a alguien por el simple hecho de ser mujer.

No me malentiendan, no soy misógino ni nada por el estilo, pero últimamente varios movimientos “feministas” han puesto de moda el exaltar a las mujeres por el simple hecho de ser mujeres, mas no por sus logros; piden que se deje de “cosificar” a la mujer pero en su lugar imponen la idealización de la misma, que a fin de cuentas también está mal (en la poesía y el arte no hay problema, pero en el mundo real esto… no es muy recomendable).

Por mi parte, he conocido a mujeres realmente fuertes y admirables, que no necesitaron de la aprobación de los hombres para demostrar que sí podían; no exigían el respeto ni la admiración de los demás, ellas se lo ganaban por sí mismas.

Mi madre, por ejemplo, que crió a mis cuatro medios hermanos (aguantando los malos tratos de su pareja), salió adelante, conoció a mi padre y volvió a construir un hogar, no solo para mí, sino también para mis hermanos; cuando mi padre enfermó, ella tomó la responsabilidad de que nada hiciera falta en casa. Mi abuela, que a pesar de sus años y su debilitada condición física, seguía yendo cada miércoles y domingo al mercado, para poder ganar algún dinero extra (aunque fuera poco). Mi tía, que nunca fue a la escuela, pero se esforzó por cuidar a sus hermanos (mi padre y mi tío) desde su infancia hasta sus últimos días, los cuales aguantó en silencio, fingiendo que todo estaba bien para no preocuparnos ni causar molestias, y muriendo como quien ya ha agotado todas sus fuerzas y ha decidido irse a descansar.

Por mujeres como ellas y muchas más (que no podría enumerar, porque me extendería demasiado) vale la pena conmemorar este día, porque se han ganado un lugar importante dentro de sus familias, la sociedad y el mundo.

Son nuestros actos los que nos deben dar el respeto de los demás, y no el hecho de tener un pene o una vagina.

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Extra:

Otro compañero de trabajo llega a la oficina después del mediodía. La señora que está aquí al lado (no la del aseo) le dice que si se acuerda que hoy es el día internacional de la mujer, a lo que él responde que sí lo sabe, pero que no se festeja nada, que este día es para recordar a las mujeres que murieron en aquella fábrica en Nueva York y a todas las mujeres que luchan por la igualdad de derechos.

Ella y mi jefa le responden que eso fue en Estados Unidos, que nosotros somos mexicanos, y él intenta explicarles que, de hecho, es por eso que se conmemora el día de la mujer. Ellas le dicen que no, que lo de las obreras que murieron allá estuvo muy mal, pobrecitas, pero eso no nos interesa a nosotros, pues no somos gringos, somos mexicanos…

Así las cosas.

Mientras tanto…

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Ya es lunes. Otra vez. Esta semana debo entregar varias cosas que he venido postergando en el trabajo; por suerte, he ido adelantando de todo un poco, así que solo debo dar punto final a cada pendiente, y el viernes me sentiré por fin libre de tanta presión…

Entonces podré concentrarme en los pendientes de la escuela, de mis “proyectos personales”, y si queda tiempo, también de mi vida.

¿Alguna vez han sentido que la vida se pasa sin que ustedes la vivan realmente? Yo sí, hace algunos años, mi vida era solamente despertar, ir al trabajo, regresar a casa, los sábados cambiaba un poco la rutina, porque en vez de ir al trabajo iba a la escuela, los domingos no hacía mucho.

De repente, toda mi vida era como esos infomerciales o los programas de concursos que pasan a medianoche y que nadie ve, y yo pasaba a ser un personaje secundario de mi propia historia (si hubiera seguido así, probablemente hasta hubiera terminado como un extra o solo como el que abre y cierra el telón).

Un día, decidí dejar todo… la escuela, el trabajo, mi casa… y me vine al D.F… ehmmm… perdón, a la CDMX (?)

¿En qué estaba?

Ah, sí. Hoy es Lunes. La rutina se vuelve demasiado tediosa, pero ya tengo un par de cosas que he estado planeando hacer, ahora solo me falta tiempo. He valorado muy poco mi tiempo, que a veces se me pasa sin que lo aproveche realmente.

Y así están las cosas, mi trabajo y la escuela consumen casi todo mi tiempo, mis proyectos personales siguen en fase de planeación, y mi vida… bueno, mi vida está en pausa (tanto así que hasta me he olvidado de mi alter ego). Pero ya pasará, y debo prepararme para cuando tenga que enfocarme en todo lo que quiero hacer.

Nos leemos en el futuro, damas y caballeros. Peace&Love

Heaven knows I’m miserable now…

 

—¿O prefieres quedarte a descansar hoy? tal vez estás cansado y no tienes muchas ganas de salir— dice ella.

Pienso un poco…

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La verdad… sí… pero no es solo hoy; la verdad es que llevo varias semanas así, sin ganas de salir a ningún lugar. Preferiría quedarme encerrado todo el día en mi cuarto, leyendo, escuchando música, o simplemente durmiendo. No tengo ganas de salir, ni de enfrentar al mundo, ni de relacionarme con el resto de la humanidad. No tengo ganas de nada.

Pero tampoco quiero pasar todo el día encerrado, y por eso me obligo a mí mismo a salir, ya sea al trabajo, a algún compromiso, a recoger algún libro, a comprar algo, lo que sea… cualquier pretexto que me haga salir. Porque el encierro me deprime. Por eso salgo, a hacer cosas que ni siquiera me gustan, que hago por obligación, porque al menos esas cosas me mantienen vivo. Quizá más adelante, en el camino, encontraré otras cosas… cosas que sí me gusten; entonces no solo me sentiré vivo, sino que viviré de verdad. Por ahora, esto es lo que hay.

Tengo una nota escrita por mí, para mí mismo, que me recuerda que la vida no es tan mala, que he tenido (y que tendré) días buenos. Sigo sintiéndome bastante deprimido la mayor parte del tiempo. Pero cuando salgo, intento aparentar lo contrario, y supongo que lo hago bien, casi nadie nota el decadente estado de mi espíritu, hay muchas cosas que me guardo solo para mí; después vendrán días mejores, me digo. Después, todo será mucho mejor.

—No, está bien— le respondo— ya voy para allá.

And heaven knows I’m miserable now… ♪ ♫

Run, boy, run…

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Viernes por la mañana. Último día para entregar los trabajos de psicología social, me he estado durmiendo hasta tarde, leyendo algunos textos, e incluso mi novia me ha ayudado para poder terminar a tiempo. Tengo hasta las 8 de la noche, así que voy decidido, cuando llegue a la oficina, terminaré los ensayos que me faltan, los imprimiré y engargolaré ahí mismo; y a las 7:00 p.m. saldré corriendo para llegar a la escuela antes de que el tiempo termine.

Tengo todo arreglado, pienso. Excepto por el pequeño detalle de que mi jefa me pidió un documento del IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social), y desde el lunes tengo problemas con su sistema; ya he consultado en línea, he enviado e-mails, y hasta he ido 3 veces a las oficinas del IMSS, y sólo me han hecho dar vueltas en vano, y en cada ocasión, me dan una solución distinta que, obviamente, no me ha servido de nada.

Al llegar a la oficina, apenas tengo tiempo de encender mi computadora y tomar el café de la mañana, pues me piden que vaya al despacho de un contador que ha prometido solucionar nuestro problema en menos de una hora. El contador insiste en que sólo se le envíen los datos y archivos necesarios, y que él se comunicará con nosotros en cuanto todo esté arreglado, pero mi jefa lo interrumpe y le dice que no, que yo iré a su despacho. Y ya que, como un simple oficinista, no tengo derecho a elegir, mi jefa da la orden y yo tomo mis cosas y salgo corriendo. Mientras más rápido termine todo esto, más pronto estaré finalizando y entregando mis tareas escolares.

Llego al despacho y el contador me recibe muy tranquilo. Me dice que no me preocupe, que en menos de una hora habremos terminado con los trámites necesarios. Tres horas después, ese mismo contador me dice que no entiende porqué el sistema no nos muestra los datos correctos, y después de revisar todas las opciones posibles (por centésima vez) se da por vencido, y me aconseja entregar otro documento en lugar del que intentamos conseguir, la idea ya la había propuesto yo unos días antes, al ver que el sistema del Seguro Social parecía un laberinto sin fin que no llevaba a ningún lugar.

Bien, pienso, si no hay otra opción, entregáremos el otro documento (que yo ya había preparado), y aún me queda tiempo para terminar la tarea, quizá no alcance a revisar bien lo que voy a entregar, pero sí podré entregarlo a tiempo.

Al llegar a la oficina, mi jefa está de acuerdo, no hay otra opción, no queda más que hacer. Por fin. Me siento en mi escritorio, enciendo la computadora y…

Mi jefa me llama, me explica que quizás si vamos al IMSS y les explicamos… Ella sigue hablando, pero lo único que pienso es que otra visita al IMSS es una pérdida de tiempo, y en este momento, lo que menos tengo es TIEMPO.

Ella termina de hablar y le explico que de nada servirá, ella me responde que piensa lo mismo, pero no tenemos nada que perder, y quizá en un golpe de suerte ellos logren poner fin a todo esto.

Una vez más, recojo mis cosas. Esta vez, mi jefa me acompaña; y tal como yo esperaba, no nos dan una solución, pero ahora hay que hacer dos trámites más, en distintos lugares, y llevando una buena cantidad de documentos “necesarios” para realizar dichos trámites. ¿Servirá de algo realizar esos trámites? El sujeto detrás de la ventanilla nos dice que no está seguro de eso, pero “probablemente sí”.

Son las 3:30 p.m. del viernes. Mi jefa decide que ya dimos muchas vueltas y que, considerando que la resolución de estos trámites tomará de 8 a 10 días, no es necesario apresurarse, ya que el documento que necesitamos es para el lunes. Así que optaremos por el Plan B. Es hora de volver a la oficina.

Imprimo el documento. Tres veces, pues así lo requieren. Mi jefa y otros ingenieros lo revisan y le dan el visto bueno.

Son las 5:00 p.m. cuando por fin logro iniciar con los trabajos que debo entregar en menos de 3 horas. Afortunadamente, no me siento bloqueado, puedo escribir con fluidez y sin detenerme, ya casi voy a la mitad, mi jefa salió a comer y nadie me puede interrumpir en este momen…

Suena mi celular. Contesto. Es mi jefa, diciéndome que está en el banco. Pasó a… Uhmmm… En realidad no se a qué fue; pero me dice que olvidó su identificación, sobre unos documentos que se encuentran en su escritorio, y que si se la puedo llevar. Le digo que sí, que ya voy para allá, mientras pienso ” ¿porqué a mí?”.

No hay tiempo de lamentarse, apenas encuentro la dichosa identificación, salgo corriendo hacia el banco y regreso rápidamente a la oficina. Llego sudando, pero no importa. Debo terminar.

Son las 7:20 p.m., mando a imprimir mi trabajo (¿ya mencioné que sin la ayuda de mi novia no lo habría terminado?), lo engargolo ahí mismo, y le aviso a mi jefa que ya me voy, ella me dice que hay que terminar algunos pendientes y que si puedo ir un par de horas extra al siguiente día (sábado), yo le digo que sí y me entrega las llaves.

Voy subiendo al trolebús, son las 7:40 p.m. y siento que ya no alcanzaré a llegar. Subo en Olivos, y bajo en Dr Galvez en 15 minutos.

Llego corriendo a la facultad de psicología. Busco al profesor en su cubículo y no lo encuentro. Son las 8:00 p.m. ¿Será posible que el maestro ya se haya ido? Le pregunto a una chica que está cerca de ahí y me responde que no ha visto a ese profesor, entonces otro chico se me acerca y me dice que él también lo está buscando para entregarle un trabajo.

Vamos una vez más a su cubículo y vemos que hay varias notas pegadas en la puerta, diciendo que, en vista de que el profesor no se presentó aquel día, le dejaban sus trabajos ahí para revisión. Hacemos lo mismo. Ambos llegamos unos minutos antes de las 8:00 p.m., pero la nota dice que en realidad fue a las 7:00 p.m. Pegamos la nota a la puerta y deslizamos nuestros trabajos debajo de ella.

Salimos de la facultad. El joven con el que me acabo de encontrar me pregunta hacia donde voy, y me dice que le queda de paso, que nos podemos ir en su coche. Aún me quedan algunos trabajos pendientes, pero falta una semana para entregarlos, por ahora, sólo quiero regresar a casa y descansar después de tanto correr.

Mientras hablamos, él me pregunta sobre las otras materias que estamos cursando, y me pregunta que si ya entregué los últimos trabajos de x materia que “eran para hoy”. Le digo que ya casi los termino, pero que son para la siguiente semana. Él me corrige, diciendo que el trabajo final sí es para la siguiente semana, pero los otros ERAN PARA HOY. Llegamos al metro, le doy las gracias por el “aventón” y empiezo a correr de nuevo.

Paso por mi novia, en donde ella estudia, y vamos a su casa. Le pido su computadora y entro a la página a la que debemos subir los trabajos. Es cierto, ERAN PARA HOY, pero son la 10:00 p.m. y aún me quedan dos horas para terminar y subir los trabajos.

Son las 12:20 y voy a casa. Alcancé a terminar todo. No se cómo lo hice, pero lo logré. Tenía tiempo de sobra al iniciar la semana, pero no consideré los contratiempos de la oficina. Aún así, lo logré.

Estoy cansado de tanto correr, y debo admitir que incluso he llegado a desesperarme un poco, con todo lo de la escuela y el trabajo. Por ahora sólo quiero dormir.

Y mientras me acuesto, me pongo a pensar. Pienso que sí, que esto de andar corriendo de un lado a otro puede llegar a cansarme, pero al menos puedo hacerlo. A mediados del 2014 yo trabajaba como cajero y “multifuncional” en una tienda, y ni siquiera imaginaba que en unos meses presentaría el examen de admisión a la UNAM (esto, gracias a mi novia) y que a mediados del 2015 estaría asistiendo a la ceremonia de bienvenida para alumnos de nuevo ingreso. Dos años atrás, aunque ya estudiaba psicología, en Tehuacán (Puebla), sentía que todo estaba estancado, y que yo sólo estaba ahí, desperdiciando mi tiempo y viendo la vida pasar.

Ahora, vivo sólo, lejos de casa, pero compartiendo cada día con la chica más maravillosa que pude haber conocido; tengo un buen trabajo y estoy estudiando en “la máxima casa de estudios”, eso es mucho más de lo que yo podía imaginar hace un par de años.

Sí, quizá no es tan malo estar corriendo de un lado a otro. Por el momento, así es esta vida, y estoy contento de ser parte de ella.