“Repeat”

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Ella se ha quedado dormida; yo salgo del cuarto y me dirijo a la sala, tomo un libro y empiezo a leer.

Ha sido un largo día, debería dormir, descansar un poco… pero me gusta mantener ciertos hábitos nocturnos; y después de la medianoche, si el sueño aún no me obliga a tirar la toalla, leo o escribo un poco.

Después de un rato, empiezo a sentir cansancio, pero insisto en que tal vez puedo leer una página más, con suerte terminaré un capítulo más antes de ir a dormir.

Y entonces, mientras estoy leyendo, sucede algo curioso: una especie de Deja Vú me da la sensación de que ya he leído esa parte… no fue hace tiempo, la acabo de leer apenas hace unos minutos, pero reviso las páginas anteriores y no encuentro nada, tal vez es mi imaginación. Continúo con mi lectura, y después de uno o dos minutos, mis ojos se cierran por un segundo, y al abrirlos, busco la parte que estaba leyendo y… me sorprendo al sentir que estoy leyendo la misma línea, y nuevamente experimento un Deja Vú.

Quizá, al quedarme dormido, regresé algunas páginas sin darme cuenta; pero reviso nuevamete y no encuentro nada, todo indica que no he regresado ninguna página y que la línea que estoy leyendo no la he leído antes, aunque yo esté casi convencido de lo contrario.

Mi atención se desprende del libro y empiezo a pensar por un momento en la naturaleza de los Deja Vú. Divago un par de segundos, pero vuelvo a concentrarme, debo seguir leyendo, debo terminar de leer al menos esta página antes de ir a dormir.

Y en cuanto empiezo a leer tengo esa extraña sensación otra vez, de estar repitiendo lo mismo. Ya ni siquiera sé si es la cuarta vez o la quinta vez que repito la misma línea, pero estoy seguro de que ya la he leído varias veces.

Mis ojos se cierran y empiezo a quedarme dormido, mientras pienso en repeticiones.

Hubo un tiempo, hace algunos años, en que me decía a mí mismo que todos los días parecían el mismo día, repitiéndose una y otra vez, interminablemente, y (como José Arcadio Buendía en 100 años de Soledad) me despertaba cada mañana pensando “También hoy es Lunes”; al principio era solo una broma personal, pero tras varios días en un estado semidepresivo, empecé a dudar de la continuidad del tiempo. En ocasiones aún tengo esa sensación, de estar repitiendo el mismo día, sin avanzar. A veces, cuando me pongo a divagar sobre el tiempo, siento que un instante se repite, o que hay ciclos que parecen seguir un patrón repetitivo muy sutil, pero presente.

Tal vez el flujo del espacio tiempo encuentra remansos en su “corriente”, formando así pequeños fractales de realidad… o quizá simplemente tenía mucho sueño y estaba leyendo la misma línea sin darme cuenta.

Al final, no pude continuar. Me quedé dormido, con el libro sobre las piernas. Desperté una hora y media después y me fui a la cama.

—¿Estabas leyendo? —dijo ella, mientras me acostaba.

—Sí, pero me quedé dormido —le respondí, aunque ella ya se había vuelto a dormir y no alcanzó a escucharme.

Pienso una vez más en los fractales de la realidad. Quizá la vida eterna se halla oculta en el último instante de nuestra vida, que se alarga interminablemente en un ciclo sin fin; quizá la cualidad infinita de nuestro universo esté fundada en un eterno retorno; debería leer más sobre ese tema, pienso.

Y empiezo a quedarme dormido.

Mañana será otro día… o al menos eso espero.

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¿Todo bien?

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Muy pocas veces me preguntan cómo estoy, quizá porque siempre intento evadir las largas conversaciones, o quizá porque prefiero evitar el contacto humano y no hay nadie que me pregunte nada… de cualquier manera, seamos honestos, todo eso es pura formalidad; uno se da cuenta cuando alguien realmente está interesado en saber cómo te sientes, y uno casi siempre sabe distinguir cuando un “¿cómo estás?” simplemente se dice por educación o como una especie de condicionamiento aprendido, ante lo cual, la respuesta correcta es y siempre será un “bien, ¿y tú?”.

Por eso, cuando me preguntan: ¿todo bien?, mi respuesta es: Sí, todo bien; y a veces incluyo un “¿y tú?”, si me da la gana.

Porque es cierto, estoy bien, siempre lo estoy. Aunque eso no signifique que no pueda estar mal.

Como dijo Neruda: Sin duda todo está muy bien, y todo está muy mal, sin duda. Por eso es bueno darse baños de tumba de vez en cuando (en algún momento hablaremos de eso).

Entonces… ¿Estamos bien o estamos mal?

Como ya dije (y esto empieza a sonar repetitivo), estamos bien y mal al mismo tiempo, somos el gato de Schrödinger, a la espera de que alguien abra la caja y nos empuje a elegir entre estar bien o mal. Porque de eso se trata en la mayoría de los casos, de una simple elección: elegir estar bien o estar mal. Y si la vida realmente no nos da opciones, al menos nos queda la resignación.

Por eso, cuando alguien me pregunta cómo estoy, siempre prefiero decir que estoy bien; si en ese momento no lo estoy, qué importa, en algún momento lo estaré.

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Nos leemos en el siguiente post, damas y caballeros.

Que estén bien.

Apología de la Soledad. 

—La gente como vos no puede tener amigos—me dijo; y debo admitir que tenía razón. 

Hasta cierto punto, es cierto. Soy una persona que no tiene amigos, siempre he sido el tipo aburrido que se aparta de los demás para regodearse en su soledad.

Aún recuerdo que, el año pasado, mientras empacaba mis cosas para irme de la Ciudad de México, me puse a pensar en todas las personas que conocí en esa ciudad, y por un instante, sentí cierta tristeza. Aquel día empaqué todo, tiré lo que ya no necesitaba,  y me fui de ahí. No me despedí de nadie y nadie fue a despedirse de mí. Tres años viviendo solo, en una de las ciudades más pobladas del mundo,  y nunca me preocupé por hacer verdaderos amigos. Tuve un par de conocidos, y llegué a convivir con algunas personas, pero nada más. 

Si bien es cierto que en mi soledad he encontrado el espacio y el tiempo necesario para escribir más, leer, dibujar e incluso hacer música, también es cierto que he tenido momentos en los que me he sentido muy solo y me hubiera gustado tener algún amigo, o amigos, con quienes hablar de temas en común. Libros, música, arte, o cualquier trivialidad. Sin embargo, nunca he sido una persona muy sociable, y en algunas ocasiones incluso he sentido cierta aversión hacia el resto del mundo.

Viene a mi memoria un recuerdo muy lejano de mi infancia, cuando regresaba con mi padre de una fiesta. La fiesta aún no terminaba, pero nosotros decidimos que ya no nos sentíamos cómodos estando ahí. Los dos caminábamos en silencio rumbo a casa, y repentinamente él dijo: “tienes que aprender que nosotros no somos como ellos, nosotros siempre vamos a estar solos”, e intentó mirar hacia otro lado para que no lo viera llorar. Yo tenía unos 7 años, y en ese momento no supe si lloraba por mí, por él, o por ambos, simplemente lo escuché y seguimos caminando.

“Siempre vamos a estar solos”…

En otras ocasiones, mi padre solía decir, con cierto aire de autosuficiencia “es mejor estar solo que mal acompañado”, y sin darme cuenta, aquella frase se convirtió en una especie de mantra que yo recitaba inconscientemente, en los días más solitarios de mi adolescencia.

Normalmente no pienso mucho en todo esto. Aprovecho la soledad para leer, escuchar música, o hacer alguna otra cosa. Pero hay momentos, hay días, en los que solo me da por pensar. Y entre tantos pensamientos, llega la nostalgia, la melancolía, y en algunos casos, incluso la depresión. Pero no importa, uno se acostumbra a ese tipo de cosas. 

Hubo un tiempo en que la soledad me dolía, hubo días en los que mi soledad era como una carga pesada que me aislaba de todo (incluso de mí mismo), pero aquellos días pasaron, y la he asimilado como algo inherente a mi persona.

Soy un tipo solitario, igual que mi padre, pero aun en mi soledad, puedo decir que he tenido un par de amistades a lo largo de mi vida (las suficientes), y también he tenido algunas relaciones que en su momento me hicieron sentir vivo.

A fin de cuentas, uno siempre está solo, pero no por completo.

Peace & Love