¿Todo bien?

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Muy pocas veces me preguntan cómo estoy, quizá porque siempre intento evadir las largas conversaciones, o quizá porque prefiero evitar el contacto humano y no hay nadie que me pregunte nada… de cualquier manera, seamos honestos, todo eso es pura formalidad; uno se da cuenta cuando alguien realmente está interesado en saber cómo te sientes, y uno casi siempre sabe distinguir cuando un “¿cómo estás?” simplemente se dice por educación o como una especie de condicionamiento aprendido, ante lo cual, la respuesta correcta es y siempre será un “bien, ¿y tú?”.

Por eso, cuando me preguntan: ¿todo bien?, mi respuesta es: Sí, todo bien; y a veces incluyo un “¿y tú?”, si me da la gana.

Porque es cierto, estoy bien, siempre lo estoy. Aunque eso no signifique que no pueda estar mal.

Como dijo Neruda: Sin duda todo está muy bien, y todo está muy mal, sin duda. Por eso es bueno darse baños de tumba de vez en cuando (en algún momento hablaremos de eso).

Entonces… ¿Estamos bien o estamos mal?

Como ya dije (y esto empieza a sonar repetitivo), estamos bien y mal al mismo tiempo, somos el gato de Schrödinger, a la espera de que alguien abra la caja y nos empuje a elegir entre estar bien o mal. Porque de eso se trata en la mayoría de los casos, de una simple elección: elegir estar bien o estar mal. Y si la vida realmente no nos da opciones, al menos nos queda la resignación.

Por eso, cuando alguien me pregunta cómo estoy, siempre prefiero decir que estoy bien; si en ese momento no lo estoy, qué importa, en algún momento lo estaré.

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Nos leemos en el siguiente post, damas y caballeros.

Que estén bien.

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Apología de la Soledad. 

—La gente como vos no puede tener amigos—me dijo; y debo admitir que tenía razón. 

Hasta cierto punto, es cierto. Soy una persona que no tiene amigos, siempre he sido el tipo aburrido que se aparta de los demás para regodearse en su soledad.

Aún recuerdo que, el año pasado, mientras empacaba mis cosas para irme de la Ciudad de México, me puse a pensar en todas las personas que conocí en esa ciudad, y por un instante, sentí cierta tristeza. Aquel día empaqué todo, tiré lo que ya no necesitaba,  y me fui de ahí. No me despedí de nadie y nadie fue a despedirse de mí. Tres años viviendo solo, en una de las ciudades más pobladas del mundo,  y nunca me preocupé por hacer verdaderos amigos. Tuve un par de conocidos, y llegué a convivir con algunas personas, pero nada más. 

Si bien es cierto que en mi soledad he encontrado el espacio y el tiempo necesario para escribir más, leer, dibujar e incluso hacer música, también es cierto que he tenido momentos en los que me he sentido muy solo y me hubiera gustado tener algún amigo, o amigos, con quienes hablar de temas en común. Libros, música, arte, o cualquier trivialidad. Sin embargo, nunca he sido una persona muy sociable, y en algunas ocasiones incluso he sentido cierta aversión hacia el resto del mundo.

Viene a mi memoria un recuerdo muy lejano de mi infancia, cuando regresaba con mi padre de una fiesta. La fiesta aún no terminaba, pero nosotros decidimos que ya no nos sentíamos cómodos estando ahí. Los dos caminábamos en silencio rumbo a casa, y repentinamente él dijo: “tienes que aprender que nosotros no somos como ellos, nosotros siempre vamos a estar solos”, e intentó mirar hacia otro lado para que no lo viera llorar. Yo tenía unos 7 años, y en ese momento no supe si lloraba por mí, por él, o por ambos, simplemente lo escuché y seguimos caminando.

“Siempre vamos a estar solos”…

En otras ocasiones, mi padre solía decir, con cierto aire de autosuficiencia “es mejor estar solo que mal acompañado”, y sin darme cuenta, aquella frase se convirtió en una especie de mantra que yo recitaba inconscientemente, en los días más solitarios de mi adolescencia.

Normalmente no pienso mucho en todo esto. Aprovecho la soledad para leer, escuchar música, o hacer alguna otra cosa. Pero hay momentos, hay días, en los que solo me da por pensar. Y entre tantos pensamientos, llega la nostalgia, la melancolía, y en algunos casos, incluso la depresión. Pero no importa, uno se acostumbra a ese tipo de cosas. 

Hubo un tiempo en que la soledad me dolía, hubo días en los que mi soledad era como una carga pesada que me aislaba de todo (incluso de mí mismo), pero aquellos días pasaron, y la he asimilado como algo inherente a mi persona.

Soy un tipo solitario, igual que mi padre, pero aun en mi soledad, puedo decir que he tenido un par de amistades a lo largo de mi vida (las suficientes), y también he tenido algunas relaciones que en su momento me hicieron sentir vivo.

A fin de cuentas, uno siempre está solo, pero no por completo.

Peace & Love