Tempora Mutantur…

Anoche todo fue celebraciones y música, una cena con la que apenas pudimos, y una rebanada de pastel que casi no me terminaba de lo satisfecho que estaba. Mis hermanos celebraban allá, en donde yo había crecido, y yo aquí, celebrando con quienes ahora son mi nueva familia, y mi madre, que vino de visita. A pesar de la distancia, uno parecía sentir que la fiesta era de todos, y que todos estábamos aquí, y allá, y en todos lados; después de todo, aún con el pesimismo de los que señalaban la ilusión del tiempo y lo ridículo de celebrar un ciclo imaginario, los arquetipos de muerte y nacimiento se fueron haciendo presentes (en casi todo el mundo) en el inconsciente colectivo dando paso a los festejos, abrazos y buenos deseos. Feliz 2018 para todos.

Nos dormimos tarde, y la neblina cubría ya las calles cuando volvimos a casa, enfriando los caminos pero sin acercarse siquiera a enfriar un poco nuestro espíritu, que continúo alegre hasta que se apagaron las luces y nos quedamos todos dormidos.

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Hoy, por la mañana, desperté. Seguía haciendo frío. Los dos cachorros que dormían en la sala se despertaron cuando salí del cuarto, y empezaron a seguirme mientras deambulaba, explorando este supuesto nuevo año. Pensé en volver a la cama, tal vez hasta podría dormir un par de horas más, pero inmediatamente rechacé la idea. Me puse un suéter, preparé café, y me senté a escribir (más por una necesidad catártica que por gusto u obligación). Mi madre, que se había despertado, asomó la cabeza y pidió un café para ella también; dejé lo que estaba haciendo y lleve el café a su cuarto, el mío y el de ella; la acompañé un rato y después volví a terminar lo que estaba haciendo.

Mi novia seguía durmiendo en nuestro cuarto, mi madre se volvió a acostar y, después de un rato, los cachorros se aburrieron de jugar y también volvieron a dormir. Yo tenía muchas cosas en qué pensar. Me quedé en la sala, leyendo un poco más; después me fui a acostar también, abrazado a quien, desde hace casi dos años, decidió estar a mi lado.

Por la tarde comimos todos juntos, aprovechando el momento para hablar de esto y de aquello, cosas sin importancia, pero que hacen más agradable la convivencia.

El día se mantuvo frío, y después de recoger los platos, todos volvieron a sus camas. Mi madre recibió un par de llamadas de mis hermanos y de mis sobrinos; yo me quedé en la sala, escuchando.

Mañana, por la noche, empezaremos a preparar todo para llevarla al aeropuerto; después de un mes, volverá a casa. Dos personas cercanas a nuestra familia fallecieron mientras ella estuvo aquí, y algunos problemas familiares se desarrollaron también en su ausencia. No habíamos pasado tanto tiempo juntos desde que mi padre falleció y yo me fui de casa, hace unos cuatro años. Sin embargo, su lugar está allá, con mis hermanos, pues a pesar del afecto que siente hacia mí y que yo siento por ella, nunca fuimos muy cercanos (al menos no tanto como yo lo fui con mi padre), y para mí siempre fue obvio que mi madre se sentía más alegre estando con ellos, con sus hijos, nietos y bisnietos. Se que ella se sentirá mejor cuando esté de nuevo en casa, y aunque en este momento siento un sentimentalismo incómodo, tendré que aparentar, resignarme y repetir, como hace cuatro años: “madre, he ahí a tus hijos; hijos, he ahí a su madre”. Después de unos días, todo volverá a la normalidad.

En fin, el año empieza y hay muchas cosas por hacer. Hoy aproveché para adelantar un par de ellas y empecé a planificar otras. Mañana será un día largo, así que tendré que acostarme antes para poder descansar bien.

Hay quien dice que el tiempo es una ilusión y que el paso de un año al siguiente es solo un invención humana, que en realidad solo existe el presente. Si bien esto puede ser verdad hasta cierto punto, también es verdad que las cosas cambian y que el tiempo se traduce en eso, en el cambio constante y sin final.

“Los tiempos están cambiando y nosotros cambiamos con ellos”, aprovechemos cada día al máximo.

Nos leemos en el siguiente post, damas y caballeros.

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Breve historia de mis navidades pasadas…

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Mis primeras navidades fueron como las podría recordar cualquier niño, con un pino decorativo, lleno de luces y esferas, y juguetes nuevos. No entendía lo del espíritu navideño (de hecho, no recuerdo haber creído alguna vez en Santa Claus), pero aceptaba las tradiciones y costumbres solo porque sí.

Después crecí, los regalos terminaron, y la Navidad y el Año Nuevo pasaron a ser festividades de las que solo oía hablar, pues en casa eran días como cualquier otro. Recuerdo que incluso hubo un año en que, al no tener nada más que hacer, terminamos de cenar y todos estábamos ya en la cama a las 9:00 p.m. Yo aún no tenía sueño y, a lo lejos, se podía escuchar el alboroto que hacían en algún otro lugar; no les envidiaba nada, no me interesaba celebrar nada de todas formas, pero sentía curiosidad.

Con la adolescencia sentí la necesidad de mostrar cierta rebeldía ante todo lo que me rodeaba, y cada navidad yo me esforzaba en tomar una postura negativa, afirmando que yo no celebraba nada, y que de todas formas era hipócrita fingir un espíritu de unidad y compañerismo en esas fechas. Cuando tenía quince años, alguien me rompió el corazón unos días antes de navidad (ahora que lo mencionó me parece gracioso decirlo así, pero en aquel momento me pareció algo realmente duro y difícil de superar), junto con mi reforzada actitud apática, supuse que marcaría el momento en que yo decidiría odiar de manera definitiva esta festividad. Pero sucedió todo lo contrario, pues aquel año mis hermanos (todos ellos, casados y con hijos) decidieron reunir a toda la familia, y por primera vez en mi vida, sentí lo que era el verdadero espíritu navideño. Sí, ya se que suena cursi, pero así fue.

A partir de entonces, nos reuníamos cada año, y nos la pasábamos muy bien. En una de esas navidades, mi hermano consiguió fuegos artificiales, de esos que iluminan el cielo con muchos colores. Hubo juegos de mesa, y aunque mi padre no participaba mucho en nuestras bromas y juegos, nos miraba desde su lugar y sonreía. Esa fue la última navidad que él estuvo con nosotros. Irónicamente, grabé muchos videos aquella noche, pero al revisarlos, meses después, me di cuenta de que no había ninguno en donde apareciera mi padre.

La siguiente navidad nos reunimos de nuevo. En esa ocasión mi familia conoció a la chica con la que salía en aquel entonces. Todos hacían bromas y comentaban lo extraño que era para ellos poder conocer a mi novia, pues siempre aparenté tener poco interés en establecer una relación sentimental con alguien; lo cual demuestra lo poco que mi familia me conocía, pues yo ya había salido con un par de chicas antes, solo que aquella era la primera vez que llevaba a mi novia a conocer a mi familia.

Prepárate para la etapa más interesante de tu vida, eso había dicho ella cuando empezamos a salir. De alguna manera, así fue; unos meses después me fui a vivir a la Ciudad de México y todo cambió. Mi siguiente navidad la pasé ahí, en un pequeño cuarto que yo rentaba. La soledad de ese lugar me resultaba acogedora, y el hecho de vivir en una ciudad tan grande me parecía interesante.

Aquella relación sentimental duró más que las que había tenido antes, pero a pesar de todo, y como a veces sucede, se terminó. Uno de los últimos recuerdos que tengo con ella es de la última navidad que pasamos juntos. Estábamos de visita con mi familia, discutimos antes de dormir, ella estaba molesta y dejó de hablarme, yo salí al patio a pensar. Unos días antes yo había quedado de verme con una amiga, pero por temor a que mi novia se molestara, cancelé la salida. No tenía muchos amigos y me emocionaba un poco poder salir a tomar un café con alguien; sin embargo, mi novia era un poco celosa y, de vez en cuando, malinterpretaba las cosas. Viendo las estrellas pensé en todos los momentos que estaba dejando pasar, visualicé los caminos que había recorrido hasta entonces y medité por un buen rato. Al siguiente día fingimos que nada había ocurrido, pero yo ya había decidido que debía hacer algo para mejorar mi relación o, si eso no era posible, terminar de manera definitiva.

Eso fue hace tres navidades, después de eso conocí a alguien y todo fluyó de manera natural. Después de ir y venir, de subir y bajar, sentí que por fin encontraba algo de estabilidad.

Esta última navidad la pasé con mi novia y su familia, y mi madre, que vino de visita.

Suelo ver distintas opiniones respecto al tema de la navidad, gente que no la celebra, religiosos que arremeten contra ella, gente apática, otros que exageran el espíritu de compañerismo y unidad. Yo, prefiero observarla como una época que une a las personas, un momento que hay que aprovechar, pues nunca sabes si será la última navidad que pases con tus familiares y amigos. Sobre el tema del amor y la unidad, a pesar de que sigo creyendo que son sentimientos falsos, hay que creer en ello, pues solo creyendo es como los volvemos reales.

Se que la Navidad ya pasó hace unos días y que lo que ahora está en la mente de todos es el Año Nuevo, pero igual quise escribir este post antes de que el año termine. Por cierto, les recomiendo ver la película Hogswatch, basada en uno de los libros de Terry Pratchett, aquí les dejo una de mis escenas favoritas.

 

Nos leemos en el siguiente post, damas y caballeros.

Peace&Love

Sísifo

Despertar. Desayunar. Bañarme. Vestirme. Ir al trabajo. Volver a casa. Cenar. Ver la TV o Leer. Dormir.

Repetir hasta el hastío.

Bueno, en realidad, no.

En realidad, mis días no son tan simples y rutinarios; pero en días como estos, cuando me canso un poco de todo, me da por sentirme un poco como el buen Sísifo.

Veamos…

Entre el despertar y el desayuno suele haber música, a veces clásica, a veces rock, a veces pop (nunca reggaeton, obviamente). Mientras voy al trabajo acostumbro leer. Aunque, a veces, el dolor de cabeza (que suele ser más frecuente de lo que yo quisiera) exige distracciones más simples, entonces simplemente escucho música, mientras miro por la ventana del autobús.

Maldita cefalea…

¿En qué estaba?

Ah, claro. El trabajo es lo más tedioso. Para alguien con ansiedad social moderada, cumplo bien mis funciones, atendiendo clientes todo el día, mostrando una actitud agradable… Lo hago bien, pero es un poco desgastante. Mis compañeros de trabajo… Bueno, me llevo bien con casi todos, CASI todos; en fin, ya hablaré de eso en otro post.

Después, el regreso a casa. A veces, al regresar, me olvido de todo y simplemente soy feliz, cena, noche de tv, un beso de buenas noches, y el día termina (aunque a veces sucede algo más); al siguiente día tengo ánimos renovados para salir de nuevo al trabajo, porque las facturas no se pagan solas (y mis cómics, libros, y demás cosas que me gustan tampoco).

Cuando el día termina así, todo está bien.

Pero, a veces, no puedo evitar preguntarme “¿hasta cuándo?” o “¿Qué sentido tiene todo esto?” o alguna otra pregunta sin respuesta que simplemente me hago por el simple placer de cuestionar.

Es en días así, cuando la roca que he estado llevando a la cima cae de nuevo, y la miro, con los ojos canales, y sé qué tengo que hacer. Con cierto desánimo, con un montón de preguntas en la cabeza y con la sensación de que no hay nada nuevo bajo el sol, sé que debo volver a empezar.

“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, dice El Mago, pero…

¿Qué pasa cuando no hay punto de apoyo y lo que se mueve no es el mundo sino una simple roca que una vez más vuelve a caer?

En fin, estoy divagando demasiado. La roca permanece inerte allá abajo, esperando a que vaya por ella, pero yo he decidido quedarme en la cima y observar el panorama completo. Solo por un momento, me tomo un respiro. Quizás después de un rato, descubra el secreto para hacer que mi fe mueva esta montaña.

Por fin… Un (no tan) merecido descanso.

Me alegra que mi jefe se haya apiadado de nosotros y dejara de lado esa absurda idea de hacernos trabajar el 16 de Septiembre.

Siendo las 2:15 de la mañana, aún se puede escuchar la música en algunos lugares cercanos; a mi no me gusta mucho celebrar este tipo de fiestas, en la medida de lo posible, casi siempre intento evitar cualquier celebración que implique socializar con un grupo considerable de personas; en su lugar, he preferido quedarme en casa, a cenar con mi novia, vimos algunos capítulos de una serie de tv, y en cuanto ella se quedó dormida, me puse a leer un rato.

Todo está muy bien, dijo Neruda. Sin duda.

No tan alto.

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De cuando en cuando y a lo lejos
hay que darse un baño de tumba.

Sin duda todo está muy bien
y todo está muy mal, sin duda.

Van y vienen los pasajeros,
crecen los niños y las calles,
por fin compramos la guitarra
que lloraba sola en la tienda.

Todo está bien, todo está mal.

Las copas se llenan y vuelven
naturalmente a estar vacías
y a veces en la madrugada,
se mueren misteriosamente.

Las copas y los que bebieron.

Hemos crecido tanto que ahora
no saludamos al vecino
y tantas mujeres nos aman
que no sabemos cómo hacerlo.

Qué ropas hermosas llevamos!
Y qué importantes opiniones!

Conocí a un hombre amarillo
que se creía anaranjado
y a un negro vestido de rubio.

Se ven y se ven tantas cosas.

Vi festejados los ladrones
por caballeros impecables
y esto se pasaba en inglés.
Y vi a los honrados, hambrientos,
buscando pan en la basura.

Yo sé que no me cree nadie.
Pero lo he visto con mis ojos.

Hay que darse un baño de tumba
y desde la tierra cerrada
mirar hacia arriba el orgullo.

Entonces se aprende a medir.
Se aprende a hablar, se aprende a ser.
Tal vez no seremos tan locos,
tal vez no seremos tan cuerdos.
Aprenderemos a morir.
A ser barro, a no tener ojos.
A ser apellido olvidado.

Hay unos poetas tan grandes
que no caben en una puerta
y unos negociantes veloces
que no recuerdan la pobreza.
Hay mujeres que no entrarán
por el ojo de una cebolla
y hay tantas cosas, tantas cosas,
y así son, y así no seran.

Si quieren no me crean nada.

Sólo quise enseñarles algo.

Yo soy profesor de la vida,
vago estudiante de la muerte
y si lo que sé no les sirve
no he dicho nada, sino todo.

 

 

Poema: No tan alto, de Pablo Neruda.
Ilustración: Camino roto, de David Alfaro Siqueiros.

¿Todo bien?

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Muy pocas veces me preguntan cómo estoy, quizá porque siempre intento evadir las largas conversaciones, o quizá porque prefiero evitar el contacto humano y no hay nadie que me pregunte nada… de cualquier manera, seamos honestos, todo eso es pura formalidad; uno se da cuenta cuando alguien realmente está interesado en saber cómo te sientes, y uno casi siempre sabe distinguir cuando un “¿cómo estás?” simplemente se dice por educación o como una especie de condicionamiento aprendido, ante lo cual, la respuesta correcta es y siempre será un “bien, ¿y tú?”.

Por eso, cuando me preguntan: ¿todo bien?, mi respuesta es: Sí, todo bien; y a veces incluyo un “¿y tú?”, si me da la gana.

Porque es cierto, estoy bien, siempre lo estoy. Aunque eso no signifique que no pueda estar mal.

Como dijo Neruda: Sin duda todo está muy bien, y todo está muy mal, sin duda. Por eso es bueno darse baños de tumba de vez en cuando (en algún momento hablaremos de eso).

Entonces… ¿Estamos bien o estamos mal?

Como ya dije (y esto empieza a sonar repetitivo), estamos bien y mal al mismo tiempo, somos el gato de Schrödinger, a la espera de que alguien abra la caja y nos empuje a elegir entre estar bien o mal. Porque de eso se trata en la mayoría de los casos, de una simple elección: elegir estar bien o estar mal. Y si la vida realmente no nos da opciones, al menos nos queda la resignación.

Por eso, cuando alguien me pregunta cómo estoy, siempre prefiero decir que estoy bien; si en ese momento no lo estoy, qué importa, en algún momento lo estaré.

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Nos leemos en el siguiente post, damas y caballeros.

Que estén bien.

What if…

Últimamente me ha dado por pensar en lo frágil que es la realidad que conocemos, en su tendencia al cambio. Y es que, de eso se trata la vida, de un constante cambio, pero vivimos sin pensar mucho en ello, simplemente aceptando todo tal y como es.

Todos los días tomamos decisiones que encaminan nuestra vida por un rumbo o por otro. Hay decisiones importantes en las que pareciera que nosotros tenemos todo el control: renunciar a un empleo, compartir nuestra vida con alguien más, mudarse de un lugar a otro. En esas grandes decisiones uno puede vislumbrar lo que seguirá después, las consecuencias de las elecciones, uno puede ver qué camino tomará nuestra vida y cómo cambiarán las cosas, pero incluso las decisiones pequeñas tienen grandes repercusiones en el futuro. Salir un minuto antes o un minuto después puede cambiar tantas cosas, elegir ir a un lugar o a otro te lleva a encontrarte con diferentes personas, las cuales, de una manera u otra, influirán en lo que harás después o en cómo lo harás.

Y así, la vida se forma a partir de nuestras elecciones; incluso el hecho de no elegir ya es una elección.

Pero qué importa, nuestro destino no está escrito, dicen por ahí, nosotros forjamos nuestro propio destino. Y es cierto, por eso no nos preocupamos tanto al tomar elecciones pequeñas, incluso con las grandes decisiones, tenemos esa sensación de que todo se está haciendo tal como debe hacerse (o no, pero aun así, lo hacemos, y damos ese salto de fe hacia ese lugar invisible que llamamos futuro).

Pero avanzamos, y el futuro incierto se convierte en nuestro presente. Es ahí donde me detengo a pensar, ¿qué tanto habría cambiado mi vida si hubiera hecho algo de manera distinta?

Pienso en ella y me siento feliz de estar aquí, de que nuestros caminos se cruzaran, de haberla conocido en el momento y lugar exacto.

—¿Si nos hubiéramos conocido mucho antes, crees que igual hubiéramos terminado juntos?— me preguntó en una ocasión. Y honestamente, creo que no, que todas las cosas por las que pasamos antes de encontrarnos nos fueron empujando por rumbos nuevos hasta hacernos coincidir en un mismo camino, si la hubiera conocido antes, o después, tal vez simplemente hubiéramos seguido caminando, ella por su lado y yo por el mío.

También pienso en mi madre, si ella y su primer esposo no se hubieran separado, mi padre habría terminado con alguien más y yo ni siquiera estaría aquí, escribiendo esto. ¿También debería agradecerle a ese hombre por divorciarse de mi madre? No, creo que no, pero basta con aceptar que así fue y así tuvo que ser.

Hace unas semanas, revisé por pura curiosidad los mensajes de una cuenta que no usaba desde el año pasado, y descubrí que una chica me había mandado un mensaje diciendo que su banda de rock necesitaba un integrante más, que habían visto mi mensaje y habían escuchado mis grabaciones, que me comunicara con ella para ver qué se podía hacer; el mensaje era de Febrero del año pasado. Por aquellos días, la persona con la que salía me pidió dejar las redes sociales por un tiempo, lo cual me pareció bien, de no ser porque a excepción de ella, yo no tenía ningún otro amigo (fuera de Internet) con quien salir o pasar el rato, así que empecé a pasar más tiempo a solas, leyendo, escribiendo, practicando con mi guitarra, y alimentando una depresión que me apartaba cada vez más del resto del mundo. Y mientras yo exploraba las partes más oscuras de mi persona, ese mensaje seguía ahí, esperando respuesta, así que cuando lo leí no pude evitar pensar en qué tanto habría cambiado mi vida y las decisiones que tomaría posteriormente, ¿seguiría viviendo en el mismo lugar?, ¿qué otras personas habría conocido?, ¿qué otras historias tendría para contar?.

¿Te arrepientes de algo que hayas hecho?, me preguntó alguien, hace poco. Probablemente sí, me habría gustado cambiar un par de cosas; pero entonces pienso en todo esto, y si hubiera hecho algo de manera distinta toda mi vida como la conozco sería diferente, y entonces me arrepentiría de otras cosas, así que prefiero simplemente no lamentar nada, y aceptar que la vida que he vivido es la vida que he elegido, y que no podría estar mejor.

En fin.

Solo estoy divagando.

Nos leemos en el próximo post.